26 de Febrero 2004

Barcelona


Tampoco tenía nada que perder. Pensaba asegurar cada paso que diera, sin ponerme en peligro, comprobar que todo era legal. En realidad, toda esta historia debía haber acabado nada más empezar, en el primer momento en que dudé de las palabras de aquel amable y desesperado yugoslavo, pero claro, podría citar su cara entre las más nobles y sinceras que he visto nunca. A lo largo de la noche, comprobaría que a veces, como si se le viera el Dorian Grey, había ciertos gestos que no resultaban nada inocentes.
Cuando por fin (y este por fin remite a otra historia que no viene al caso) llegué a la Estación del Norte de Barcelona, en el Arco del Triunfo, me dijeron que podría coger un autobús a la 1 de la mañana, si quedaban plazas, cosa muy probable, y no tendría que pagar nada. Un tipo de piel curtida acababa de sacar el billete en la cola de al lado, yo ya le había visto antes, de paso, y no podría decir dónde ni cuándo, ni cuántas veces, ya casi me era familiar. Se acercó confiado pero sumiso y me preguntó si iba a Madrid, dije que sí, y le hice un gesto para que se apartara mientras acababa de arreglar mi billete gratis de la 1. Cuando me di la vuelta, comprobé que se había ido y me quedé tranquila, porque no tenía ninguna gana de pasar las próximas 8 horas de viaje hablando con nadie, por muy interesante que pudiera parecer.
Tenía dos horas por delante y acababa de comprar pilas para perderme escuchando un poco de radiohead o portishead y no se me ocurrió más que liar un porro, con el hachis que había viajado a Italia ida y vuelta en el forro del pantalón, para dormir a mi gusto en los incómodos asientos del autobús. Me fui paseando por las cocheras mientras fumaba y pensaba sin pensar o medio soñaba, cansada ya de tanto viaje, cuando el tipo se acercó agitando su billete, que yo parecía buena persona, que era lo que él necesitaba, que a ver si le podía hacer este favor porque en su país los comunistas le llamaban desertor y no le daban este pasaporte que necesitaba para recibir una transferencia de 1600 euros a través de la “beste yunion”. Me costaba mucho entenderle, porque dejaba frases a medias y tenía un acento muy fuerte. La señorita le había dicho que sí, que si tuviera algún amigo con pasaporte, sólo tendría que hacer la transferencia a su nombre y ya estaba. Y no tienes amigos, y sí, pero quieren la mitad del dinero y yo no tengo trabajo, te doy 300 euros, por favor que es muy importante, tengo que ir aquí a Madrid, Gran Vía 61... me enseñó el papel de la transferencia bancaria, que su tío vivía en Alemania y le mandaba el dinero para poder aguantar hasta que encontrara trabajo.
Leí el papel con cuidado, para ver si era legal, si todo era correcto, parecía sencillo, él seguía convenciéndome, desesperado, que era legal, cuando lleguemos te van a dar una medalla de oro...
Me enseñó su DNI, la cartera con 200 euros. Yo no necesito a nadie, no necesito tu dinero, sólo es esto por la transferencia, tu eres buena persona, decía, yo lo sé. Mientras trataba de convencerme y yo leía el papel, perdió el autobús y dijo, mira, rompiendo el billete, dándome a entender que yo era lo único que le quedaba. Entonces dijo, a cinco minutos hay una central, que abre toda la noche, sin problema, y podemos ir, así yo no tengo que ir hasta Madrid y luego yo te pago una habitación o un taxi para volver. Y yo no quería confiar, pero tampoco quería desconfiar, porque la desconfianza acabará por matar el mundo a base de sospechas, y dije que sí, que le ayudaba.
Yo andaba rápido, pensando que quizá no me daría tiempo a coger mi autobús de la 1, dijo estoy cansado, yo no tengo 20 años, y dijo pago un taxi, y dije sí, que yo iba con mochila. Pasó un taxi enseguida. El conductor era extranjero y, cuando me encontré allí dentro, me dio de corazón y dije, pare detrás del autobús. A penas a unos metros de haber arrancado, el tipo paró. Al yugoslavo, por no herirle, le dije, que le iba a salir caro y que había pensado tomar el autobús, pero ya no circulaba y seguimos andando. Todo eran calles principales, la gente alrededor me daba seguridad, el tipo me hablaba de una guerra, de su familia muerta, de sus veinte años en un pueblito a algunos kilómetros de Barcelona, y yo seguía buscándole las arrugas de la maldad que pensaba que se le notaban a todos los malos.
Pensé que no llegaría a por el autobús pero el tipo dijo que me daría dinero para un taxi.
Cuando llegamos a las Ramblas, ya el corazón me hablaba tan fuerte que no estaba dispuesta a salir de la calle principal, llena de gente, y me parecía que todos los inmigrantes que pasaban cerca estaban compinchados en algo que no yo no descifraba y que atribuía a una paranoia soportable provocada por el porro.
Esta ahí mismo, dijo, pero no puede ser, esta cerrado.
Pensé que le mataba, y luego pensé que más le jodía a él, que era el que tenía el problema, porque hasta después de un café que me devolvió la lucidez, se suponía que yo era la que tenía la sartén por el mango con mi pequeño pasaporte. Así que me cabreé un poco, me desorienté y crucé la calle hasta el centro de las ramblas, mirando alrededor y preguntándome que coño hacía yo a las 12.15 de la noche en mitad de Barcelona con un yugoslavo desertor. Dijo, tomamos un café, come algo, y yo te pago una habitación de hotel, dije no sé, no sé, no sé, se lo dije a él y me lo oí sonar varias veces dentro. El corazón se había callado ante la evidencia, pero yo seguía sin dejarme desconfiar. Así que nos sentamos en una terraza y pedí un café.
La conversación continuaba, él también dudaba si confiar en mí, y todo parecía normal, yo volvía a confiar.
Dice que paga una habitación, dice, una doble, digo no, dos habitaciones. Dice no confías en mi todavía, y se ríe, digo, no como para quedarme dormida, y él calla. Sigo tomando café, puro ánimo para el cansancio, digo, dormimos en habitaciones distintas en una pensión, que te va a costar lo mismo que un hotel, dice, puedes venir al hotel y le dejas tus cosas al de recepción. Yo me quedo callada, no respondo, en parte, porque la idea me convence, en parte, porque no quiero herirle con una desconfianza hostil, sólo quiero ser justa. De pronto oigo, no se entera de nada, y al mirarle le veo hablándole al pecho de su chaqueta. Así que me grita el corazón y, como si fuera un reflejo, digo, mira, tu duermes donde quieras, a mi me das dinero para una pensión y nos encontramos aquí mañana a primera hora (abrían a las 9).
Me dio veinte euros. Le tendí la mano y me la estrechó entre las suyas. Le di mi telefono para que se quedara tranquilo y me llamara a la mañana siguiente. Dijo, ven, por favor.
Cuando nos separamos, tenía tanto miedo acumulado que pedí a dos policías que me acompañaran hasta un sitio donde dormir, pero claro, tienen tanta intuición civil como una remolacha, y me indicaron como ir, intentando ventilarme rápido. Les dije que no conocía la ciudad y estaba asustada y si podían acompañarme, dijeron sí, pero pasó un chico con rastas y uno de los polis dijo una grosería, así que me despedí.
Donde y cómo dormí también es otra historia, pero no tuve que pagar nada y a la mañana siguiente, esperé hora y media frente a la western union y allí no hubo sombra del yugoslavo.
Caminé por las Ramblas, pensando que vaya movida, y vaya putada la del yugoslavo, caminé todo lo andado la noche anterior, que era bastante, hasta los autobuses. Volví a contarle la historia del retraso del avión a la chica de los billetes y me dieron plaza a las 3.30. Con el dinero del yugoslavo compré unos pantalones y una camiseta.
Cuando por fin tomé el autobús, me cambié en la parte de atrás y me relajé escuchando musica, pensé que aquella ropa era como un pago a los servicios prestados, como si me hubiera pagado por la compañía, y se me apareció en la cabeza si no sería un chulo buscando putas o si no habrían intentado secuestrarme. Después me han hablado de lo que llaman el taxi express, una nueva manera de secuestro que parece que está bastante extendido. Me parece descabellado, pero no lo entiendo de ninguna manera. Quizá se quedó dormido, olía mucho a vino, o quizá le pasó algo. Quizá me vio con los policías y se asustó. Yo creo, porque el corazón me respiró como recién nacido cuando ya estaba en el autobús, que realmente me metí en un lío y que, de alguna manera, logré evitar las últimas consecuencias. En fin, esa fue la vuelta del viaje a Italia, esto y otras pequeñas cosas.


Escrito por Artemisa a las 7:36 PM | Comentarios (0)